miércoles, 8 de julio de 2009

Con Lágrimas en los ojos pinta Isis de Lázaro Cubillas



Para Isis en sus otros treinta...

Huele a café, y a sudores difuntos. Sobre el caballete el alma se derrama, se marchita, se inclina, y caen, aún sin ser otoño, también sus hojas más verdes. Los fantasmas anuncian su regreso: los impíos y los vivos, los amados y los muertos.

Con lágrimas en los ojos pinta Isis de Lázaro. De una mano va el alma, de otra, la paleta. Muchas pasiones inmolan el blanco. Pero en sus cismas parece que asciende, como el Ave Fénix de entre las cenizas; o como el magma de lo hondo de la Tierra, cuando brota y se da, se da y quema, quema y florece.

Esta muestra no es tanto para los que miran, como para aquellos que, viendo, se desdoblan y sienten. Todos pueden asomarse. No hay mapas conceptuales ni trabalenguas ni enrevesos pedantes. Tiene la sobriedad del ingenio. Tiene acaso suficiente.

Va como una sinfonía en tres partes: primero, los cuerpos, la musa con sombrero, el juglar y su guitarra; después el abandono, los graves del dolor y los crescendos; cierra con la apoteosis del vuelo.

Todo lleva de real y de onírico, ha dicho su autora muchas veces. Porque la obsesión de Isis son los sueños: la casa vieja, el amor, los sombreros, o el jardín de losas hexagonales y antiguas, donde unas pujantes hierbitas recuerdan el afán de los héroes homéricos.

La palabra, quizá, no se hizo para contar sus sueños, sino el pincel, el lienzo, el yeso fresco, el olor a pátina; los bastidores, las transparencias, y las texturas de unos cuerpos curvos y desnudos, que ella ha dejado a la ingravidez del viento.

Cuando el caos se apodera de sus frescos, la mente de Isis vuela. No narra lo que vive, sino lo ostenta a fuerza de sienas, azules, magentas y verdes; al costo de domar muchas fieras.

Tres décadas de crear lleva esta artista. Treinta años que son como la cumbre de una vida. Isis llega convincente y discreta. A su lado está Liliana, que es como los buenos retoños, que hacen fuerte el legado del árbol. A ella le encomienda su antorcha. Porque el arte no es el cúmulo de discursos homogéneos con que algunos pretenden eternizar ciertas “sobras”, sino algo más íntimo, a la vez que inasible: el arte va como el alma: franco y por dentro.